¿Qué diferencia hay entre actitud y aptitud?

Es muy posible que tengas la convicción de que tienes que desarrollar aptitudes para alcanzar el éxito en los negocios. Conocimientos y destrezas para tener presencia en la red, participación en redes sociales, gestión eficaz del email marketing,  atención a tus clientes y clientes potenciales. Muy bien. Pero ¿qué hay de la Actitud?

La actitud adecuada nace de la pasión por lo que haces

No tiene remedio: proyectarás una actitud consecuente con tu idea personal, la más recóndita, sobre lo que estás haciendo.

Los negocios desde el hogar, de network marketing, desarrollados por el Internet, siempre tienen un sello distintivo: se trata de mostrar a otras personas los beneficios de emprenderlos y cómo pueden ser idóneos para ellas. Para hacerlo, se utilizan todas las herramientas posibles: se muestra el plan de compensación, se habla del producto y se “pinta” un futuro venturoso que representa un estilo de vida que, se piensa, “todo mundo” quisiera tener.
Lo que casi nunca se toma en cuenta es que las personas echan un ojo a esas herramientas, pero, principalmente, analizan a quien se las está mostrando. En ese análisis, tratan de adivinar si quien se las presenta verdaderamente ha disfrutado de los beneficios del plan de compensación y del producto… y quieren ver evidencias de que el futuro ya está presente en él o ella, y ya tiene el estilo de vida que está describiendo. En resumen: analizan su actitud.

“Haz lo que te digo, no lo que yo hago”

Es ahí donde viene el desenfoque. Echando mano sobre sus “aptitudes”, aplican técnicas “de venta”. Manejan objeciones, ganan discusiones, demuestran con tablas, gráficos, frases contundentes y lugares comunes. “Solo los tontos dejan pasar esta oportunidad”, “El mundo se divide en dos tipos de personas: los que toman acción y los perezosos”, etc.

Y es lógico. Solamente han trabajado y desarrollado aptitudes. Claro que las quieren poner en práctica. Pero su actitud, la que verdaderamente convence y que es el objeto principal del análisis de las personas que le escuchan, es errónea. En el fondo… no cree en lo que está haciendo. No tiene pasión.

Entonces, ¿cómo adquirir, o desarrollar la actitud adecuada?

La actitud sufre de una crisis de identidad. Mucha gente cree que es algo que en realidad no es.

Se piensa que “actitud” es algo que tiene que ver con la “personalidad”, la imagen pública. Entonces se ‘trabaja’ en el maquillaje, en el exterior. Postura, porte, voz: tono y volumen. Sonrisas… frases.

Y, como todos podemos imaginar, estos aderezos exteriores solamente producen malos resultados. Puede ser que fascinen, sobre todo al principio: a todo mundo le gusta ver a un actor, un performer, un mago. Pero muy pocas personas tomarán en serio, para los negocios, a alguien que saca conejos de un sombrero de copa.

La actitud es un reflejo del carácter. De hábitos arraigados, de conductas derivadas de principios en los que se cree firmemente, los buenos y los malos.

Por ejemplo, si crees que los demás son tontos, aunque les regales sonrisas y cumplidos, utilices adjetivos cariñosos como “amigo”, “estimado”, “hermano” (en latinoamérica estos tratamientos no son escasos), adivinarán tus verdaderas creencias, por tu actitud.
Si crees que estás destinado a fracasar… se adivinará en tu actitud.
Si crees que lo que importa es convencer a la persona que está frente a ti y despliegas todo tu arsenal para lograrlo, tal vez tu insistencia tenga resultados… pero tarde o temprano tu verdadera actitud saldrá a flote.

Tener la actitud correcta… sin quererlo

La actitud no se puede “trabajar”. Es una consecuencia. Se puede trabajar en el carácter, en el establecimiento, práctica y arraigo de hábitos productivos que cuesten menos cada vez.

Se puede perseguir un sueño, por más descabellado que pueda parecer, poniendo los medios para trabajar en alcanzarlo. En el camino, se irá adquiriendo más y más pasión por lo que se está haciendo, porque el “sueño” se irá convirtiendo en un objetivo, cada vez más claro y alcanzable.

Con la pasión viene la actitud. Una actitud tan determinada y evidente, que será ejemplo para otros. Una actitud que no requerirá el despliegue de aptitudes fabulosas.